Baby, It's Cold Outside

Entre finales de 2016 e inicios de 2017 surgió una primera idea de lanzarnos a coronar la cumbre de Pico Bolívar de la Sierra Nevada de Mérida (Venezuela)- pico más alto del país, 4978 msnm-; cinco jóvenes diferentes pero con un mismo objetivo. En aquella oportunidad, por desconocimiento de la ruta y mal tiempo, no lo lograron en absoluto; volviendo a casa con la espinita de que tenían que volver.

Seguro esperan que este cuento termine con final feliz, que logramos la cumbre y bajamos contentos… Pero no. ¡Perdón por arruinar el final del cuento! Sin embargo,hay cuentos que echar, lecciones aprendidas y experiencia ganada.

Luego de haber fallado en abril del 2017; Verónica Machado, Jorge Olivares, Francisco Marcos, Michael Sánchez y Valentina (Nina) González, se prepararon, tal vez mejor, para sacarse esa espina e intentarlo nuevamente en abril del 2018. Esta vez, volviendo con refuerzos de Daniel Pelayo, Vidal González y Orlando Pérez. Lamentablemente, Pelayo no pudo viajar con nosotros por motivos alternos. Sin embargo, fue partícipe importante ya que era el único que ya había hecho y logrado la escalada del pico años atrás. Sus tips, fotos y videos fueron de gran ayuda para dilucidar mejor a lo que nos podíamos enfrentar (sólo que no sabíamos que, en realidad, nos encontraríamos unas condiciones temporales bastante diferentes a las suyas). ¡Mas siempre tuvimos a Daniel presente en nuestro viaje!

Los Nevados

Ahora sí, vamos a lo que vinimos. Este viaje podría llamarse “una serie de eventos desafortunados (o afortunados)” o “tenemos a mercurio retrógrado” o quién sabe… Los planes iniciales eran subir y bajar por el teleférico Mukumbarí de Mérida, cosa que nos daría mucho tiempo en la montaña, incluso para intentar coronar otros picos como El Toro y La Concha. Pero, días antes de partir, nos enteramos que el teleférico estaba en mantenimiento. Nuestros planes cambiaron… Ahora teníamos que subir lo más rápido posible (sin morir en el intento), para tener al menos dos días para intentar hacer El Bolívar. Además de bajar lo más rápido posible para no perder nuestros boletos de avión.

Aceptamos nuestro destino y “entrompamos” hacia Los Nevados, pueblo merideño alejado de absolutamente todo, donde se inicia el trekking que conduce a Pico Espejo y luego al campamento base Albornoz. Arrancando exactamente el día del cumpleaños de Francisco, nos tomó dos días llegar al campamento base; entre lumbagos, maníes y fruta deshidratada, cansancio, frío, morrenas y rocas, niebla, alguna desviada, viendo el sol por última vez el primer día de camino y pare usted de contar. Aún así, los ánimos para hacer cumbre seguían por las “alturas”, literalmente. Habiendo visto, como esperábamos pero no queríamos algunos, esa imponente pared decorada de blanco; o sea, ¡nevada hasta que ya! Habernos llevado crampones y piolets no fue una decisión en vano.

Trekking

¡Llegó el momento! Levantándonos aproximadamente a las 4 am y saliendo aproximadamente a las 5.30 am (bajo la premisa de tener luz al llegar a la pared) arrancamos a llevar a cabo nuestra empresa. Caminamos en la oscuridad iluminados por las linternas, llegamos a lo que pensamos era el inicio de la ruta, pero no dilucidamos nada: no veíamos las supuestas reuniones, todo se veía muy parecido, la nieve hacía las cosas confusas y el sol nada que empezaba a hacer su trabajo.

En el rush de la situación, Jorge y Vidal comenzaron a subir por donde les parecía semi-lógico que fuese la ruta, pero no aparecían las reuniones y se volvía cada vez más peligroso el “free solo” que estaban haciendo. Aparte de esto, comenzó a embargarnos cierta preocupación; además de no conseguir la ruta correcta, las condiciones temporales empeoraban y el frío iba a pegar fuertemente. Entonces, tres de nosotros decidimos bajar (yo con fuertes sentimientos encontrados, pero con la sensación de que no era el momento); y los demás se quedaron un poco más, siempre en comunicación por los walkie-talkies. Poco después nos avisaron que desistirían de intentarlo ese día también por no conseguir las ¡tan ansiadas reuniones!

En el camino

Al regresar al campamento, encontramos el espectáculo de carpas forradas totalmente de nieve, el piso congelado y pájaros semilleros (Phrygilus unicolor, para los entusiastas de las aves como yo) revoloteando en los restos de comida de la noche anterior. Y a lo lejos, pegaditos aún a la pared, veíamos a nuestros compañeros que se habían quedado buscando dónde carrizo (lamento el lenguaje, pero es inevitable) estaban esos anclajes.

Como a las 12 del mediodía regresan, justo a tiempo para salvarse de una tarde donde nevó, llovió y granizó casi que todo al mismo tiempo (puede que sea una exageración). Fuerte alivio que nos causó el verlos volver enteritos y sanos. ¡Además de que nos dieron la buena noticia de que por fin sabían dónde estaba la ruta!

Guardados en las carpas, prácticamente lo que quedó de día, nos dispusimos a rediscutir nuestro plan y a revisar (por millonésima vez) los topos, fotos y demás. La siguiente vez saldríamos más tarde para poder aprovechar la luz solar, dígase a las 6.00 am; y con mayor determinación. Con una mañana mucho más fría que la del día anterior, pero con un tiempo que aparentaba ser benigno, arrancamos una vez más al ascenso de nuestro karma.

Llegamos a la pared, teníamos luz solar, veíamos lo que hacíamos (yo moría de náuseas pero no dejaría que me detuviese), nos montamos los crampones bien montados y Vidal se monta de primero para comenzar la ruta. Luego de unos momentos de tensión, avisa que hemos conseguido la reunión siguiente, ¡alivio y emoción! ¡Finalmente estamos bien encaminados!

Desde Caracas habíamos decidido que la escalada sería en vías ferratas con dos vías montadas, así que así subimos. Avanzamos, una, dos reuniones, avanzar por nieve, esperar la cuerda, seguir avanzando, Jorge abre uno de los largos, más nieve por todos lados, llegar a Roca Táchira, esperar la otra cuerda, nieve y nieve y ahora… intentar avanzar de Roca Táchira (aún faltaban tres reuniones más).

Retoma Vidal la escalada al siguiente punto (El Diamante), pero la cuestión se ve que empieza a complicarse. Se monta por el lado izquierdo pero parece que no es, se baja, vuelve a evaluar la situación, se monta de otra manera y no funciona, por debajo de la roca gigante caída (El Diamante), no estamos seguros de que sea por allí…. Y en tal interín, el tiempo fue haciendo de las suyas. No recuerdo quién lo dijo, pero alguien mencionó “la montaña quiere que lo logremos hoy”; ya que teníamos una vista despejada de nuestro alrededor (con alguna que otra nube lejana). Pero fue un vaticinio desacertado.

Ya había comenzado a taparse por todos lados, la niebla nos asediaba y a donde voltearas verías sólo resplandor blanco entre nubes y nieve. En Roca Táchira el viento se mostraba mucho menos amigable que en las reuniones más bajas y la larga espera por llegar a la siguiente reunión fue desgastándonos. El tiempo no tenía cara de que fuese a mejorar y la escalada de que fuese a iluminarnos un camino mágicamente… Tuvimos que comenzar a contemplar la idea de bajar.

Alargando el hecho de empezar a bajar, comenzamos a discutir por los radios. La mayoría pensábamos en bajar porque arriba sólo empeoraría la situación, mientras que una minoría se debatía si continuar. “Si al menos uno se anima, yo le echo bolas”, frases que surgieron; pero no era lo correcto. Una sola cuerda no sería suficiente para hacer los rapeles para bajar y se tornaría sumamente arriesgado. Así que, aceptado, todos pa´bajo.

Se dice sencillo, pero ahora teníamos que seguir calándonos ese frío, ya debilitados, pero de bajada. Manos heladas, cuerdas mojadas, rapeles congelados. Físicamente fue también fuerte bajar. pero en nuestras mentes quedaba cierta satisfacción de lo que habíamos hecho y de lo que estábamos haciendo: un Bolívar en invernal.

Rapelando

La oportunidad de hacer (o intentar) El Bolívar en invernal, hoy en día, es una experiencia muy valiosa. En Venezuela sólo queda un glaciar real (Pico Humboldt), y que ya ha ido mermando poco a poco; no sé si considerar el intermitente glaciar de la cara norte del Bolívar en este conteo. Volviendo al punto, estos siete montañistas y escaladores en proyección tuvimos ese chance de aprender, en nuestro propio país, lo que puede significar hacer montañismo con un nivel mayor al que normalmente tendríamos acceso.

Sin más, nos disponíamos a bajar el siguiente día. Satisfechos por la experiencia. Debíamos caminar ahora hasta Casa de Pedro (destino que requería una muy larga caminata) y para nuestra sorpresa no tan sorpresa el tiempo empeoró mucho más. La caminata a Pico Espejo, que no tiene gran complicación y no lleva mucho tiempo, se nos hizo una Odisea eterna (y para mí, al menos, tortuosa). Y llegando a la estación del teleférico de P. Espejo, nos dirigimos con lo que nos quedaba de fuerzas a pedir a los hombres del teleférico “por piedad” que si era posible bajar en las cabinas de carga del teleférico.

Pico Espejo

Siempre estaré infinitamente agradecida con los merideños que nos atendieron en la estación. Desde mi punto de vista, si no nos hubiesen bajado no sé qué hubiese pasado (sueno dramática, pero es lo que creo). En su amabilidad, nos dieron acceso a un pequeño refugio al lado de la estación, llamado “El Suizo” y en la mañana siguiente, habiendo pasado una nevada intensa, nos dejaron maravillosamente en plena Plaza Las Heroínas, pleno centro de Mérida.

Esto fue un “resumen muy resumido” de nuestra experiencia, pero que ilustra lo que vivimos y sentimos. Y, por supuesto, volverán a escuchar de nosotros próximamente ya que la tercera es la vencida.